

Hace unos años, pocos, se ha producido una novedad trascendental en el arte del toreo a caballo: la aparición de una figura que ha convertido en realidad, como nadie hasta ahora, el enunciado genérico de "torear a caballo".
Ello ha supuesto que muchos aficionados del toreo a pie hayan descubierto que también se puede templar y mandar a lomos de una montura que se convierte en muleta viva ante la cara del toro.
Gracias a Pablo Hermoso de Mendoza estamos viviendo la "edad de oro del toreo a caballo". Olvidémonos de las colleras, de los alardes circenses, de las carreras desenfrenadas, de clavar a toro pasado, de saludar y saludar, y saludar pidiendo el aplauso fácil..
La sola exhibición de los magníficos caballos, las carreras que se realizan a la salida del toro y las acrobacias que se hacen lejos de él, como sin darle importancia, han hecho que un público cándido y de buen conformar aplauda cuanto suceda en el ruedo.
No se debe valorar al rejoneador que:
El auténtico arte del toreo a caballo es el ejercicio de mando y temple sobre las embestidas, sin que el toro llegue nunca a tocar al caballo, con pocos tiempos muertos, haciendo que el tiempo que dura la lidia nos "sepa a poco".
Las carreras a lo largo del anillo sirven para cansar al toro, para escaparse de él. Hay rejoneadores que prefieren correrlos a lo largo del ruedo, cansándolos.
El buen toreo es parar al toro y torearlo en el menor espacio de terreno posible, parar sus embestidas iniciales, casi siempre violentas, con giros en redondo, cada vez más cerrados, hasta dejarlo parado en los medios.
Cuantas menos galopadas o círculos necesite el rejoneador, mayor mérito se le reconocerá.
Lo bonito y meritorio es parar esa embestida con la grupa del caballo, llevar a éste como si fuera un capote, ligar los pases.
Tanto en rejones como en banderillas, una vez que el toro pasa el estribo y los pitones quedan por detrás se considera una ventaja y se le llama "clavar a la grupa" o a "silla pasada", es decir, que se clava el rejón o la banderilla cuando la cabeza del toro está a la altura de la grupa o la nalga del caballo.
Es uno de los más frecuentes defectos en el rejoneo y que no debemos pasar por ato. El momento de clavar es a la altura del estribo, que es cuando el toro mete la cabeza para derrotar en el estribo de la silla.
El rejoneador cita de frente, parte hacia el toro al mismo tiempo que éste se arranca, aguanta cara a cara la trayectoria del toro hasta el momento crítico de la reunión.
Entonces el caballo, con el cuerpo como si fuera un arco, efectúa un leve desplazamiento lateral.
El caballero consigue cargar la suerte con el caballo como muleta y se desplaza de pitón a pitón, antes de colocar el rejón o la banderilla en el morrillo, siempre a la altura del estribo.
Si el astado ha sobrepasado la altura del estribo del caballero, la banderilla será considerada "a toro pasado" y ya no es tan meritoria.
El rejoneador cita de frente pero, iniciada la carrera, en vez de mantener la rectitud inicial, se desvía en una especie de diagonal hacia la izquierda y clava al estribo.
Muy pocas veces se ejecuta bien. Generalmente es una forma de torear "mintiendo". Se aparenta torear de frente, porque se cita en esa posición, pero se acaba poniendo la banderilla a la grupa.
¿Cómo podemos diferenciar una buena ejecución de esta suerte?. En la actitud del caballo: Cuando se ejecuta bien, el caballo galopa siempre mirando al toro y en el momento de la ejecución, se arquea dejando al toro a la altura del estribo del caballero.
Recurso de buen lidiador. Se emplea cuando no hay forma de sacar al toro de las tablas.
Recostado en la barrera y paralelo a las tablas, casi tocándolas con la pierna derecha, el caballero se coloca frente al toro. Cuando por fin éste se arranca, el caballero sale a su encuentro, cuidando de abrirse hacia el lado izquierdo durante el galope y sacando en consecuencia al toro hacia el tercio, donde finalmente clavará.
Esta es una de las suertes más admirables de la tauromaquia, porque generalmente se ejecuta ante toros mansos y difíciles y son pocos los caballos que "tragan" con el sesgo.
El jinete provoca al toro con la cola del caballo hasta que se acerca lo suficiente y, una vez conseguida la distancia ideal, sitúa su montura de manera oblicua o perpendicular a la trayectoria del astado.
A continuación, presenta y mantiene cerca de la cara del toro el costado derecho o izquierdo del caballo, según el lado por el que venga el enemigo. Así situará al equino frente a las tablas, o mirando a las afueras y continuará, siempre de costado, con el cornúpeta pegado al estribo.
A fuerza de conseguirlo y de templar, logrará mandar y atemperar la embestida del bovino.
El remate perfecto para esta suerte consiste en el "remate por los adentros". Esto sería llevar al toro cosido a la cola o grupa del caballo, paralelo a las tablas y a una distancia de unos dos metros aproximadamente de ellas. Cuando el toro parece alcanzar al caballo, éste le cambiará la dirección y se meterá por el espacio existente entre las tablas y el toro.
Esta es una suerte que popularizó CAGANCHO montado por Pablo Hermoso de Mendoza.
Es cualquier tipo de suerte que se inicie en cualquier terreno, pero con una distancia muy corta entre caballo y toro.
Dada la proximidad entre ambos animales, el tiempo de maniobra disminuye y por lo tanto se acortan las posibilidades de sorpresa que pudieran beneficiar al caballo, dando más emoción a la suerte y más ventaja al toro.
Debido a la corta distancia entre toro y caballo, este último no lleva el impulso que produce la carrera y, practicamente, ejecuta la suerte en parado. Se necesita un caballo con mucha fuerza y una gran agilidad.
Es una suerte de adorno, ejecutada generalmente al finalizar el tercio de banderillas cortas.
En ella, el rejoneador no se limita a continuar el círculo que impone la inercia del recorrido, sino que espera al enemigo para llevarlo muy toreado, templadamente y toreando en circulo, con el codo derecho apoyado en el testuz del toro durante varios segundos.
Aquí la mentira consiste en venir desde larga distancia hacia el toro y, llegando a su altura, agacharse y apenas tocar su testuz para salir galopando, en lugar de permanecer en contacto con el toro el mayor tiempo posible.